
Ope Pasquet
foto Uruguay al Día
Hoy de mañana, cuando abrí la heladera en busca de la leche para el desayuno, me llevé una pequeña sorpresa: a diferencia de lo que ocurre desde que tengo memoria, la leche no era de Conaprole, sino de otra empresa. Los efectos del conflicto entre Conaprole y el sindicato constituido por sus trabajadores habían llegado a mi casa, como seguramente llegaron a miles de otros hogares.
Informa la prensa que el pasado miércoles 19 Conaprole despidió a un trabajador con cargo de “fiscal”, porque entregaba mercaderías sin facturar (lo que en buen romance quiere decir que robaba). Obviamente, la empresa formuló la correspondiente denuncia penal, pero la Justicia no procesó al denunciado. No sabemos, porque la información que leímos no lo dice, si la investigación continúa o si se dio por finalizada con el resultado indicado.
Ante el despido del empleado, el sindicato al que pertenece (la AOEC, Asociación de Obreros y Empleados de Conaprole) decidió exigir su reintegro y adoptar medidas de lucha para respaldar el reclamo. Esas medidas consisten básicamente en trabajar a reglamento, no haciendo horas extras ni trabajando en los descansos.
Como consecuencia de las medidas sindicales, adoptadas hace ya unos cuantos días, se está resintiendo el suministro de leche fresca a la población. Conaprole informó además que por la misma causa no puede cumplir con sus compromisos de exportación, lo que comprometería la posición trabajosamente alcanzada por la empresa en mercados extranjeros.
Ante la magnitud de las consecuencias del conflicto tomó intervención en el asunto el Director de Trabajo del respectivo ministerio, Julio Baráibar. Según la empresa, Baráibar se habría negado a recibir las pruebas de los hechos que a criterio de aquélla justifican el despido. Las declaraciones del jerarca que la prensa recoge son de tipo “salomónico” (quizás fuera más adecuado decir “pilatuno”, por Poncio Pilatos) , en cuanto exhortan a ambas partes a superar el diferendo sin referirse a sus causas; en el contexto esbozado, eso equivale a apoyar tácitamente al sindicato. El argumento de Baráibar –siempre según la información de prensa- iría por el lado de que la entidad de los hechos en cuestión no justifica la adopción de medidas que generan tan grandes perjuicios. En otros términos: dejarse robar un poco cuesta menos que un conflicto con el sindicato. Pragmatismo, que le dicen.
Pues bien: no tengo más vinculación con Conaprole que la que resulta de consumir sus productos desde que tengo uso de razón. Cuando yo era niño la leche no se vendía en bolsas, sino en botellas de vidrio que se distribuían a los comercios en casilleros de metal. Cuando los camiones repartidores cargaban y descargaban los casilleros frente a la panadería o el almacén del barrio (los supermercados eran muy pocos en los años sesenta), hacían un ruido terrible e inconfundible, que servía para que todo el vecindario se enterase que había llegado la leche...Conaprole era entonces parte del paisaje cotidiano y, de otras maneras menos estrepitosas, lo sigue siendo hasta hoy. No creo equivocarme si digo que, para muchos de mi generación por lo menos, Conaprole es casi una empresa pública, en el sentido de que nos inspira la misma confianza y la sentimos –acaso irracionalmente- un poco “nuestra” también (no hay caso: sigo siendo un batllista incurable...).
Por todo eso, no logro que me resbale la noticia de que una empresa tan uruguaya está perdiendo mercados extranjeros y millones de dólares, porque el sindicato entiende que no se puede echar a nadie que no haya sido condenado por la Justicia penal. Esto no es así ni siquiera en la Administración Central, en la que es posible destituir a un funcionario inepto u omiso en el cumplimiento de sus tareas (como lo sería, en la más benévola de las hipótesis, quien entregase mercaderías sin facturarlas, por mera distracción), aunque no se pruebe que haya cometido delito.
Quizás sea aritméticamente cierto que en el corto plazo se pierde más echando al mal funcionario y soportando las medidas sindicales que lo defienden, que dejándolo robar. Pero, ¿puede sobrevivir mucho tiempo una empresa, si sus trabajadores se convencen de que, contando con el apoyo del sindicato, se la puede robar –o dejar robar- impunemente? Me cuesta creerlo. La cultura de la corrupción –de eso se trata- no genera prosperidad. Y aunque la generase, seguiría siendo repudiable.
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